Una reflexión sobre propósito, liderazgo y la huella que construimos en las personas mientras avanzamos.
Con la perspectiva que aporta los años he ido cambiando mi manera de entender el éxito.
Durante mucho tiempo podemos medirlo por lo que conseguimos: un proyecto que sale adelante, una empresa que crece, una dificultad superada, una meta alcanzada. Todo eso importa. Pero, al mirar mi camino con cierta distancia, cada vez tengo más claro que hay otra medida más profunda: qué hemos despertado en las personas que se han cruzado con nosotras.

Rosa Estañ Homs
Columnista | Presidenta Secot Granada
Si pudiera elegir el cambio que me gustaría dejar
Sería este: que alguna persona, después de compartir conmigo una conversación, un proyecto o una etapa de su vida, confiara un poco más en sí misma. Que reconociera sus capacidades, sus talentos y sus posibilidades. Que se atreviera a tomar una decisión que antes le daba miedo.
Las mujeres que emprendemos conocemos bien lo que significa avanzar sin tener todas las respuestas. Emprender es decidir en medio de la incertidumbre. Es asumir riesgos, organizar recursos, cuidar relaciones, resolver problemas y, muchas veces, compatibilizar la empresa con responsabilidades familiares y personales.
Hay etapas en las que podemos llegar a sentir que todo depende de nosotras.
Y ahí aparece una pregunta importante: ¿estamos construyendo solamente una empresa o también una vida en la que queremos vivir?
Para mí, esa pregunta tiene mucho que ver con el propósito. No entendido como una gran misión extraordinaria, sino como un “para qué” suficientemente claro que nos ayude a decidir. Una especie de brújula interior.
Cuando sabemos para qué hacemos las cosas resulta más fácil distinguir entre lo urgente y lo importante; entre una oportunidad y una distracción; entre aquello que debemos sostener y aquello que quizá ha llegado el momento de soltar.
Vivir con propósito no significa vivir sin dificultades.
Hay facturas, responsabilidades, objetivos, incertidumbre económica y momentos en los que toca esforzarse mucho. El dinero importa. La sostenibilidad de un negocio importa. Pero también importa preguntarnos cuánto de nuestra vida estamos entregando para mantener determinadas estructuras, expectativas o formas de éxito.
A veces podemos simplificar. A veces necesitamos decir no. A veces tenemos que pedir ayuda. Y otras veces debemos atrevernos a cambiar una decisión que ya no tiene sentido.
Un liderazgo con propósito, durante años se nos ha hablado mucho de productividad, resultados, crecimiento y capacidad de sacrificio. Son importantes. Pero la experiencia me ha enseñado que no podemos crear de manera sostenible si estamos permanentemente agotadas.
Necesitamos espacios para pensar. Tiempo sin reuniones, sin mensajes, sin responder inmediatamente a todo. Tiempo para escuchar qué estamos necesitando, qué nos ilusiona todavía y qué empieza a pesarnos demasiado.
“No es perder el tiempo. Es recuperar cierto equilibrio interior y perspectiva hacia un horizonte más amplio.”
Como mentora senior he comprobado muchas veces que una buena pregunta puede ser más útil que una respuesta rápida. Acompañar a otra persona no consiste en decirle lo que tiene que hacer, sino en ayudarla a descubrir sus propios recursos, ordenar sus ideas y tomar decisiones con mayor confianza. Es a veces la falta de confianza la que nos impulsa hacer más hasta el cansancio, ¿verdad?
Quizá ese sea también uno de los mayores legados que podemos dejar a las mujeres empresarias: no solo crear empresas, lograr resultados o puestos de trabajo, sino personas que crecen a nuestro lado, en talento y creatividad.
Personas a las que hemos dado una oportunidad. Personas que se han sentido escuchadas. Personas a las que hemos ayudado a descubrir que podían hacer algo que todavía no se atrevían a intentar.
Con el tiempo he comprendido que nuestra influencia suele producirse en pequeños gestos. Una conversación en el momento adecuado. Una presentación que abre una puerta. Una palabra de ánimo. Una recomendación. Compartir un error para que otra persona no tenga que aprenderlo de la misma forma. O un silencio de comprensión y disculpa.
Tal vez nunca sepamos hasta dónde llegan esas pequeñas semillas.
Por eso hoy intento vivir con una pregunta sencilla: ¿qué puedo aportar aquí, en mi entorno? Puede ser experiencia. Puede ser la escucha. Puede ser una conexión. Puede ser serenidad cuando alrededor hay prisa. Puede ser animar a alguien a confiar en su propio criterio.
Quizá ahí empiece una forma diferente de éxito: no solo preguntarnos cuánto hemos conseguido, sino a cuántas personas hemos ayudado a crecer mientras avanzábamos.
Y antes de correr hacia el siguiente objetivo, quizá merezca la pena preguntarnos:
¿Qué quiero que las personas recuerden de su relación conmigo?
¿Estoy dedicando mi energía a lo que realmente considero importante?
¿Qué talento, experiencia o conocimiento puedo compartir hoy con otra mujer?
¿Y qué pequeño cambio puedo empezar esta semana para vivir y trabajar de una forma más coherente con la persona que quiero ser?
Presidenta Secot Granada, consultora, mentora y formadora
“Las mujeres que emprendemos conocemos bien lo que significa avanzar sin tener todas las respuestas.”

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