Mirar hacia atrás para entender el presente y construir el futuro
Una amiga me ha pedido que reflexione públicamente sobre cuatro puntos. Hoy me dispongo a compartir mi reflexión sobre el primero: la igualdad de género no ocurre por casualidad; se construye.

Concepción Díaz Rodríguez
Columnista | Formadora y activista feminista
Llevo años diciendo que soy feminista. Y también llevo años escuchando la misma frase:
“La igualdad ya llegará. Es cuestión de tiempo”. Yo no lo creo. La igualdad no ocurre por casualidad. No es una fruta que madura sola en el árbol. La igualdad se construye. Se construye con palabras, con leyes, con escuelas, con mesas y con sillas que antes estaban vacías.
Para entenderlo, tuve que ponerme unas gafas nuevas. En género las llamamos “la analogía de género” o, como las nombramos habitualmente, las gafas violeta. Imaginemos que durante siglos hemos jugado un partido con unas reglas que solo conocía un equipo. A uno le enseñaron a entrenar, a ocupar todo el espacio y a competir; al otro le dijeron que mirara desde un palco. Y, después de 200 años, nos dicen: “Ahora jugad en igualdad”. ¿En igualdad? Si un equipo llega totalmente equipado y adiestrado y el otro apenas ha visto jugar alguna vez y no tiene ningún equipamiento. Pero, para ponerme esas gafas, primero tuve que mirar hacia atrás. Y ahí apareció otra idea que me sostiene: la genealogía de género.
La genealogía de género es acordarme de que no estoy sola
Es saber que, antes de María Zambrano, de Celia Amorós o de Amelia Valcárcel, hubo miles de mujeres sin apellido en las hemerotecas. Fueron las abuelas que enseñaron a leer a escondidas. Las vecinas que se turnaban para cuidar a los hijos de todas. Las maestras de pueblo que cobraban menos. Las obreras que se organizaron sin que saliera en el periódico. Heroínas tenemos pocas, y son importantísimas. Pero antepasadas tenemos millones.
Y si solo contamos a las excepcionales, parece que el feminismo cayó del cielo. Si contamos la genealogía, entendemos que es un río al que cada una aportó un cubo de agua. A mí ese río me llegó con nombres concretos. Leí y estudié a muchas feministas: pensadoras, escritoras e investigadoras. Entre las españolas que más han influido en mi manera de comprender el mundo están María Zambrano, Celia Amorós, Amelia Valcárcel, Carmen de Burgos “Colombine” y Victoria Kent.
Leí a María Zambrano y entendí que la democracia sin alma es solo gestión. Que la razón necesita corazón. Leí a Celia Amorós y supe que el feminismo es la Ilustración inacabada. Si la libertad es universal, es para todas. Leí y, más tarde, conocí a Amelia Valcárcel, ahora compañera y maestra, y comprendí que ciudadanía es que tu palabra pese lo mismo que la de cualquier otra persona. Leí a Carmen de Burgos, “Colombine”, pidiendo escuelas para niñas hace 100 años. Leí a Victoria Kent, defendiendo en el Parlamento que las mujeres éramos parte de la solución. Ellas son la parte visible del río. Pero yo sé que debajo venían todas las demás. Las invisibilizadas. Las que no firmaron, pero sostuvieron. Por eso, el feminismo se construye en lo pequeño, con analogía y con memoria. Se construye cuando dejas de decir “conciliación” y dices “corresponsabilidad”. Se construye cuando una niña ve que su madre decide y que su abuela ya decidió antes, aunque nadie se lo contara. Se construye cuando entendemos que la igualdad no es tratar a todo el mundo igual, sino dar a cada persona lo que necesita para llegar a la misma meta. Una democracia avanzada no se mide por edificios nuevos; se mide por cuánta gente cabe dentro de la decisión. Y mientras haya una silla vacía porque “ese tema no es de mujeres”, la democracia está coja.
Yo no quiero una igualdad que “ya llegará”. Quiero la que construimos hoy, con las gafas de género puestas y con memoria. Discutiendo. Educando. Cuidando, Reclamando y Nombrando a las que vinieron antes para que no se pierdan. Porque, si algo me enseñó la genealogía, es esto: no empezamos nosotras y no terminará con nosotras.
La libertad no se pide. Se ejerce. Y la igualdad no se espera. Se hace, se diseña, se enseña, se hereda. Por eso sigo aquí. En las aulas, en las asociaciones, en la plaza, trayendo sillas, prestando gafas y contando la historia de ese río de mujeres. Para que el día de mañana, cuando pregunten cómo avanzamos, nadie diga que fue por casualidad. Que digan: porque hubo mujeres y hombres que, juntas y juntos, miraron atrás, entendieron el presente y decidieron construir una nueva civilización feminista.

Yo no quiero una igualdad que “ya llegará
“Quiero la que construimos hoy, con las gafas de género puestas y con memoria. Discutiendo. Educando. Cuidando, Reclamando y Nombrando a las que vinieron antes para que no se pierdan.”

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