Lo que no se ve también forma parte de nuestra historia

Las tradiciones, las lenguas, los rituales y los conocimientos heredados guardan una parte esencial de quienes somos. En una ciudad marcada por la diversidad cultural, proteger ese legado significa reconocer que la memoria colectiva no pertenece únicamente al pasado: también se construye en el presente y depende de lo que seamos capaces de transmitir.

Cuando pensamos en patrimonio, la imagen suele llevarnos a edificios históricos, monumentos, yacimientos o lugares que han sobrevivido al paso del tiempo. Sin embargo, existe otra herencia menos visible, que no siempre puede delimitarse en un espacio físico ni conservarse detrás de una vitrina: la que vive en las palabras, en las celebraciones familiares, en las recetas transmitidas sin instrucciones escritas, en los sonidos de una lengua y en los gestos que una generación aprende observando a la anterior.

Ese patrimonio no permanece intacto por el simple hecho de haber existido. Necesita personas que lo practiquen, comunidades que lo reconozcan como propio y nuevas generaciones dispuestas a recibirlo, interpretarlo y, en ocasiones, transformarlo. Su continuidad no depende de congelar las costumbres, sino de permitir que sigan teniendo sentido en una sociedad que cambia.

Esta es una de las cuestiones que plantea el patrimonio cultural inmaterial: comprender que la identidad no se encuentra únicamente en los objetos que heredamos, sino también en los conocimientos, las expresiones y las formas de convivencia que damos continuidad a través del tiempo.

Melilla ofrece un contexto especialmente significativo para reflexionar sobre esta realidad.

“Una ciudad, muchas memorias”

Su diversidad cultural se expresa en tradiciones religiosas, lenguas, gastronomías, músicas, danzas y celebraciones que forman parte de la experiencia cotidiana de sus comunidades. Algunas de estas manifestaciones tienen raíces profundas; otras han evolucionado con el paso de las generaciones. Todas permiten acercarse a una historia compartida desde perspectivas diferentes.

El XI Seminario de Patrimonio Cultural Inmaterial, organizado por la Asociación Melilla para la UNESCO y celebrado el 15 de octubre de 2026 en el Campus de Melilla de la Universidad de Granada, situó esta riqueza en el centro de la conversación. La doctora Antonia Ortega Caballero impartió la conferencia Análisis de la Convención de la UNESCO para la Salvaguarda del PCI. Ejemplos de bienes declarados Patrimonios de la Humanidad, con especial atención a la protección del patrimonio vivo y a las particularidades culturales de Melilla y Ceuta. Esta actividad, enmarcada en el Día Internacional del Patrimonio Cultural Inmaterial (17 de octubre), ha sido organizada por la Asociación Melilla para la UNESCO, con el patrocinio de la Consejería de Educación, Juventud y Deportes del Gobierno de la Ciudad Autónoma y la colaboración de la Facultad de Ciencias de la Educación y del Deporte.

El presidente de Unesco-Melilla, Juan Antonio Vera, ha contextualizado este seminario dentro de los actos organizados en todo el mundo por parte de instituciones y entidades vinculadas a la Convención de 2003 para mostrar la riqueza del «patrimonio vivo» y la necesidad de protegerlo.

Entre los ejemplos abordados se encuentran el Yennayer, el año nuevo amazigh, las tradiciones religiosas, la gastronomía, las músicas, las danzas y las lenguas. Manifestaciones distintas que permiten entender cómo una comunidad construye y transmite su memoria, y cómo la diversidad cultural puede formar parte de una identidad común sin exigir que todas las personas compartan las mismas costumbres.

La convivencia, en este sentido, no consiste en borrar las diferencias para construir una imagen uniforme de la sociedad. Consiste en reconocerlas, comprender su significado y crear espacios donde puedan expresarse con respeto. Conocer las tradiciones de quienes comparten una ciudad con nosotros también es una forma de acercarnos a sus experiencias, sus recuerdos y su manera de entender el mundo.

Una tradición puede haber sobrevivido durante siglos y, aun así, encontrarse ante dificultades para continuar. Los cambios en los hábitos sociales, la globalización, la pérdida de interés entre parte de la población joven y la homogeneización cultural pueden debilitar las prácticas que antes se transmitían de manera natural en las familias y las comunidades. Estos riesgos fueron parte de la reflexión desarrollada en el seminario.

La pregunta es inevitable: ¿qué ocurre cuando dejamos de practicar aquello que decimos valorar?

No siempre desaparece de un día para otro. A veces permanece en fotografías, documentos, archivos o recuerdos individuales, pero pierde su presencia en la vida cotidiana. Sabemos que una costumbre existió, reconocemos su nombre y podemos explicar su origen, aunque ya no encontremos a suficientes personas que sepan realizarla, interpretarla o transmitirla.

Conservar el patrimonio exige, por tanto, algo más que catalogarlo. La documentación y la investigación son necesarias, pero también lo son la educación, la participación de las comunidades y la creación de oportunidades para que estos conocimientos sigan circulando. La digitalización puede ayudar a preservar testimonios y facilitar su acceso, siempre que no sustituya la experiencia viva de las personas que mantienen esas prácticas.

Porque una tradición no es únicamente información sobre lo que hicieron nuestros antepasados. Es también una posibilidad de encuentro entre quienes la transmiten y quienes la reciben.

El patrimonio no se hereda automáticamente

Transmitir sin convertir el pasado en una obligación

Proteger el patrimonio no significa exigir a las nuevas generaciones que reproduzcan exactamente la vida de quienes las precedieron. Las culturas cambian, las comunidades reinterpretan sus costumbres y cada generación establece una relación propia con la herencia recibida.

El desafío consiste en hacer posible esa continuidad sin convertirla en una imposición. Para ello, es importante que las personas jóvenes puedan conocer el significado de las tradiciones, participar en ellas si así lo desean y comprender su valor más allá de la obligación de conservarlas. La transmisión cultural necesita conocimiento, pero también diálogo y capacidad de adaptación.

En este proceso, las personas que guardan saberes, lenguas, técnicas artesanales, expresiones musicales o prácticas comunitarias desempeñan un papel fundamental. Su experiencia constituye una forma de conocimiento que merece reconocimiento y que no siempre recibe la atención que necesita. Escucharlas, documentar sus testimonios y facilitar el encuentro entre generaciones son acciones que pueden contribuir a que ese legado no se interrumpa.

 

El patrimonio cultural inmaterial no pertenece exclusivamente a quienes lo recibieron de sus mayores. También implica una responsabilidad hacia quienes todavía no han tenido la oportunidad de conocerlo.

Una memoria que necesita futuro

La UNESCO lleva años promoviendo la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial a través de la Convención de 2003, que reconoce la importancia de las expresiones culturales vivas y de las comunidades que las mantienen. Su enfoque recuerda que proteger este patrimonio implica favorecer su continuidad, respetando a las personas y los grupos que lo practican.

El seminario celebrado en Melilla se suma a esa labor de divulgación y reflexión. Su importancia no reside únicamente en dar a conocer instrumentos internacionales de protección, sino también en abrir una conversación sobre el valor de la diversidad cultural y los medios necesarios para conservarla.

En una ciudad donde distintas tradiciones conviven y forman parte de la vida colectiva, ese diálogo invita a mirar el patrimonio como algo más que una herencia que se recibe: es una relación que se construye entre personas, comunidades y generaciones.

Quizá por eso la protección de la memoria cultural empieza mucho antes de que una manifestación obtenga un reconocimiento oficial. 

Empieza cuando alguien pregunta a una persona mayor por el origen de una celebración, cuando una familia transmite una receta, cuando una lengua encuentra un nuevo espacio para ser hablada o cuando una comunidad decide que sus conocimientos merecen seguir vivos.

El patrimonio que no se transmite puede terminar convertido en recuerdo; el que se comparte, se comprende y se practica todavía tiene futuro.

Antonia Ortega Caballero ha dedicado buena parte de su vida profesional a explorar la relación entre la educación, el arte y la cultura. Doctora en Ciencias de la Educación y licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Granada, completó su formación con un máster en Gestión Cultural por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Su recorrido combina la enseñanza artística, la investigación y la docencia universitaria con la creación y coordinación de iniciativas culturales. Ha participado en proyectos y exposiciones dentro y fuera de España, prestando especial atención a la inclusión social y al papel que desempeñan el arte y la educación en el desarrollo personal y emocional.

A esta trayectoria se suma su labor al frente de la Asociación Culturmel, entidad que preside y desde la que continúa vinculada al ámbito cultural.

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